Marcelito, estás ahí
El adiós después del adiós, la Selección que no se mide contra nada y una recomendación.
Si la vida es una sucesión de saltos entre mundiales de fútbol, yo puedo recordar como un drama personal la transición entre 2002 y 2006, justo después de que el país volara por los aires, en que tuve que convencerme de que ese hito que esperaba como se espera un destino, el mes intermitente que más me importa en la vida, ya no me iba a ser relatado por Araujo sino por Vignolo.
Llevaba cuatro mundiales desde el de Italia 90 invirtiendo todas mis expectativas en esa única voz, en el viaje íntimo que hacía esa onda desde un estadio lejos de mi casa hasta llegar a mis oídos, pero entonces tuve que ceder a la realidad de una vibración diferente, que sólo repetía muchas veces el apellido del jugador que tuviera la pelota.
Cinco mundiales más tarde, todavía no me acostumbré. Algo en mi memoria auditiva extraña la voz de Araujo para siempre, y es probable que Vignolo no tenga la culpa.
Antes de eso, mi catequesis de la pelota había sido a través de la radio, con el ta-ta-tá de Víctor Hugo empastado en el crujido de la antena y sus interferencias, y durante un tiempo poníamos, papá y yo, la radio a pilas a la par del partido muteado en la tele para no perder esa inminencia incomparable, pero en algún momento se impusieron las ocurrencias de Araujo para sumarle color al rito.
Lo que penetra y cruza la historia no es necesariamente lo bello. “Alemão que no” es un verso torpe y olvidable, pero a fuerza de repeticiones se vuelve la recuperación de una escena irrecuperable, y entonces ocurre la magia de que el pasado que no vuelve se presente renovado. En mi biblia personal están “dejate de joder y hacelo” antes de un gol de Ortega a Platense, y “Salas y River campeón” mientras el chileno desparrama defensores de Vélez. Las dos veces yo estaba en la cancha y no pude haber escuchado el relato en vivo, pero cada vez que me cruzo las imágenes tengo la sensación de estar otra vez donde estaba, que no es en un espacio físico sino en un estado muscular.
Marcelo Araujo no era un poeta de la precisión pero sí del tono, y su obra no vive en sus líneas sino en el eco que hicieron en cada futbolero. Construyó, para mí y para toda mi generación, la ilusión de una voz omnisciente y libre de juicios sociales, sin nadie acusándolo de bostero ni de gallina, seguramente porque las redes sociales no existían, pero también, quizás, porque hacía su trabajo bien y se entregaba al gol de Manteca Martínez como al de Enzo Francescoli con la misma excitación.
Además, parece ahora, era buen tipo. Contra cualquier intuición barata que podamos tener los que miramos a los personajes públicos de lejos, hay que rendirse a la evidencia de decenas de compañeros de trabajo y empleados que lo llenaron de elogios durante la semana, destacando, sobre todo, su generosidad para abrirles el paso a los menores o para pagar una mesa regada de champagne en un restorán parisino.
Igual hay que decir, dándole al menos un espacio a lo que los amigos no dicen pero se ve desde acá, que esa tira de alabanzas pasa por alto el maltrato estructural con que el propio Araujo y Fernando Niembro educaron desde su escuela a todos los jóvenes que se empeñaron en ser periodistas deportivos.
Así Marcelo Benedetto, por caso, fue bulleado en todas las transmisiones de Araujo y sobrevivió desarrollando su síndrome de Estocolmo, pero al costado crecieron otros como Marcelo Palacios, que en cada emisión radial maltrató al movilero Martín Arévalo, que a su vez maltratará al que lo suceda en el oficio cuando él sea conductor. Un ecosistema entero se desarrolló en el equívoco de que la antorcha pasa de manos a través del maltrato, y Araujo fue padre o tío, si no de esa maldad, al menos de esa falta de recursos para hacerlo mejor.
Algo de todas estas exageraciones se explican en que la Argentina es menos un país que una aldea y que en ciertos rubros esa aldea bautiza a sus pobladores y no los suelta más. Por eso es difícil establecer, en la hora de su muerte, si era un genio o era el que estaba, y si ya sólo por haber sido el que estaba merece nuestro respeto y el repaso de su vida y de su legado. De esa tira de casualidades o causalidades surgió más tarde Mariano Closs, que ya lo supera en el ejercicio propio del relato por la mirada periférica y la precisión con que detecta un offside o lee los labios de un entrenador que se queja.
Volviendo a la aldea, Araujo hizo toda su carrera con sueldos del Grupo Clarín, y después un after embanderado en la consigna de que Clarín miente y en la idea loca de que Néstor Kirchner era un prócer. Fútbol Para Todos fue otra pieza de la estrategia totalizadora del kirchnerismo, y ahí Marcelo cedió su imagen y su canto, desdibujó la estética de su poesía y de los clips de Fútbol de Primera hacia graphs violetas y amarillos, se entregó a hacer duplas con comentaristas mucho menos lúcidos que su socio eterno Enrique Macaya Márquez y tuvo su espacio para decir que Julio Grondona era el mejor argentino vivo, “el Kirchner de la FIFA”.
El propio Macaya, staff fijo de todos los mundiales de la historia, lo sobrevive ahora, como Víctor Hugo y como Bilardo, piezas de aquel fútbol cuyo epicentro fue Maradona, que se salió del plano antes que ellos, y cuyo sucesor impensado fue Messi, hecho por otro tiempo y con otra durabilidad, tanta que no habrá uno sino cien relatores que en su lápida impriman el videoselfie al micrófono mientras gritan y sobreactúan y lloran alguno de los golazos del nuevo diez.
En la piedra de Araujo queda, por ejemplo, el gol de Diego a Grecia, su última obra argentina, y la voz del relator distraído en papeles pero después la corrección en velocidad para agradecerle al capitán por darle bola y para decirle “grande, Tanque”. El relato es desprolijo y pedalea en el aire, pero quién más era capaz de decirle Tanque a Maradona. De qué cabeza brota ese error.
LA SELECCIÓN ARGENTINA CONTRA NADIE
Faltan ochenta y tres días —que mañana serán ochenta y dos, que el lunes serán ochenta y uno— y a la Selección Argentina le pareció que esa camiseta negra con una lechuga azul en el medio estaba bien, y también le pareció más atinado jugar un par de amistosos contra Mauritania y contra Guatemala que la Finalísima contra España.
Ya hay que presentar todo lo que tenga que ver con la AFA en este tono de cinismo insoportable porque la alternativa es ir a prender fuego Viamonte, pero andá a saber si los delincuentes están ahí o justo los agarrás en las oficinas de Ezeiza o en las de Wynwood o en la quinta de Toviggino.
Mejor #quedateencasa, que voy a tratar de entender cómo el campeón del mundo vigente prefiere pasar estos meses hasta el debut contra Argelia en Kansas City sin oposición.
Mi intuición más grande, sin pruebas, es que esta autorregulación extrema se tejió entre lioneles. Scaloni pensará que su rol es aceitar un equipo que descubrió en pleno Mundial de Qatar, fruto del shock contra Arabia Saudita y de las piezas que movió después, sobre todo en el mediocampo. Ese equipo tocó el cielo enseguida, con un clímax de fútbol total durante los primeros setenta minutos de la final, pero apenas había empezado su evolución, y no es disparatado creer que cuatro año más tarde puede jugar aún mejor.
Messi, por su parte, supondrá que no le conviene entrar a la misma cancha que Lamine Yamal y que Pedri. Al primero lo bañó en una palangana cuando era un recién nacido, y al segundo lo recibió en el peor Barça del que formó parte y se dio cuenta rápido de que era de los pocos con el que se iba a entender. Muchos años después de todo, los chicos vuelan, y él ya lleva tres años en la comodidad del Inter de Miami, a miles de kilómetros de la Champions League. Si me los tengo que cruzar, puede pensar, que sea en el mundial.
En junio pasado estuve en Atlanta viendo a Messi contra el PSG por el Mundial de Clubes. Ese día escribí que en los 1109 partidos oficiales que llevaba hasta entonces, a lo largo de veintiún años de carrera, Messi nunca había jugado contra un equipo tan superior al suyo, y que nunca más lo iba a hacer.
El PSG de Luis Enrique estaba en el pico de sus posibilidades, y ganó el primer tiempo 4 a 0. Conducido por el portugués Vitinha, el partido fue un paseo, que sufrí doblemente con la mirada puesta en Messi, desenganchado desde el pitazo inicial del ejército azul avanzando sobre el rosa.
En el segundo tiempo cambió todo, no sólo porque el PSG dio el partido por ganado sino porque Leo se decidió a que si le daban la pelota, él la iba a usar. Cito un fragmento de mi crónica:
Se compromete a hacer todo: la transición de la defensa al ataque en posición de cinco, los pases filtrados hacia los punteros, la espera de la pelota en la medialuna que nunca le llega. Y más: la sutileza de un toque para que defina Suárez, un cabezazo que le cae a Donnarumma, un tiro libre furioso que pega en la barrera.
Messi está parado y espera. Que lo vengan a buscar, que a veces se concentren en otros. Alrededor suyo hay un mundo que se hipnotiza con él y otro que se distrae con pavadas. Si le llega la pelota, él tiene la mente intacta. Todavía el botín zurdo responde a su imaginación, y en la imaginación y en los sueños hay otro mundial, otra vez acá, el año que viene, que es como decir pasado mañana.
Messi va a seguir siendo, mientras esté vivo, el jugador más inteligente del mundo, y mientras le funcionen las articulaciones, el más capaz de definir un partido a su favor. La discusión del mundial que viene nunca va a ser si es mejor que Yamal o que Cherki, porque lo será siempre aunque Yamal y Cherki se le escapen por el costado, sino si el día que se los cruza puede ser más determinante que ellos para definir el partido y seguir viaje.
Puede pasar, puede no pasar. No va a achicar ni medio milímetro de la altura de Messi en la historia del deporte.
Mientras tanto, Chiqui ve un billete y respira. Entre mundial y mundial, su empresa jugó dieciocho partidos por Eliminatorias y seis por Copa América. Cuando le dieron fechas para organizar amistosos, esquivó el incordio de repartir el caché con seleccionados relevantes y se ocupó de los que le entregan los derechos completos con tal de sacarse la foto con Messi. Seis de los once amistosos de estos cuatro años fueron en Estados Unidos, y la lista de rivales es una joda: Panamá, Curazao, Australia, Indonesia, El Salvador, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Venezuela, Puerto Rico y Angola. Ahora se suman Mauritania y la revancha tan esperada contra Guatemala.
La competitividad del plantel argentino se sostiene en que todos los jugadores tienen dos partidos por semana en sus ligas europeas, y la Selección va a ganar su grupo del mundial aunque no lo intente, porque el nuevo formato de 48 equipos tira el nivel para abajo. Como tantas otras cosas en nuestro país, está todo mal parido y puede salir bien.
Dejo los botones de suscripciones mensuales, cada vez más chicos. Apretás el monto, te lleva a Mercado Pago, se activa el débito mensual y te olvidás, pero yo me acuerdo agradecido cada vez que escribo.
CAMBIO DE PELOTA
Tomás De Vedia, que jugó al rugby profesional y en Los Pumas, tiene la extraña doble habilidad del deportista que escribe, algo que en el fútbol argentino, que yo sepa, sólo consiguió Jorge Valdano. De Vedia está haciendo columnas en La Nación que son autopsias de los equipos del momento, combinando su interés crónico por el entrenamiento psíquico del alto rendimiento con un rastreo histórico de las líneas que confluyen para que cada equipo juegue como juega, con la convicción de que nada es arbitrario y de que todo viene de algún lado. Su última entrega, sobre el seleccionado francés que ganó el Seis Naciones, es espectacular. La dejo acá.




